“Historia (Inquiry); so that the actions of people will not fade with time.”

Herodotus
The Histories of Herodotus of Halicarnassus


"That is war... To defeat foes in the name of a country. The states affairs of the enemy are inconsequential."

-Marco
Radiant Historia (videogame)


"The Wheel of Time turns, and Ages come and pass, leaving memories that become legends. Legends fades to myth, and even myth is long forgotten when the Age that give it birth comes again."

-Robert Jordan
The Wheel of Time


"Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion."

-Francis Bacon: Essays LVIII.
(Epígrafe en "El Inmortal" de Jorge Luis Borges)

"¿Y a mí qué me importa el futuro? Sin duda, Seldon lo habrá previsto y se habrá preparado para él. Llegarán otras crisis en el futuro, cuando el poder del dinero esté tan muerto como fuerza histórica como lo está ahora el de la religión. Que mis sucesores resuelvan sus problemas, como yo he resuelto el nuestro."

-Isaac Asimov

Los príncipes comerciantes

Fundación



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sábado, 24 de marzo de 2012

Las Luces del Bosque -Cuento-


Aun recuerdo la primera vez que entré al bosque. La luz penetraba en ciertos puntos, creando círculos perfectos. En el bosque no habitaba ninguna criatura. Desde que mi familia y yo habíamos llegado al pueblo había notado que el bosque no era parte esencial de los habitantes. Invitaba a los niños del pueblo a jugar al bosque a las escondidas, pero todos negaban con alguna excusa. Sus rostros cambiaron al mencionar la palabra bosque. Sus cuencas se abrieron y sus pupilas se contrajeron, reflejaban miedo e inseguridad.

A muchos de los adultos les pregunté el por qué los niños no querían jugar conmigo en el bosque, pero sus rostros eran semejantes a los de sus hijos. Ni siquiera se dignaban en contestarme y luego me hacían una mueca de desaprobación. Este era el pueblo más extraño en que había estado, todos le temían al bosque, pero ¿por qué? Me adentré nuevamente en el bosque como la primera vez, solo, sin miedo, con la esperanza de descubrir la razón del miedo de toda una comunidad que de por sí vivían en medio de un bosque.    

Caminé por media hora entre la maleza y el follaje que comenzaba a tomar un color amarillo por el cambio de estación. Las copas de los árboles eran muy altas y su grosor cuenta su historia y edad, estos eran posiblemente los habitantes más antiguos de la región. Llegué a uno de los claros del bosque y vi que el sol en su posición hacia un círculo más alargado hacia el sur. Deje ese claro y caminé otro rato y me encontré en otro de los claros y la posición de este también era distinta. Por una hora y media di vueltas en el bosque y encontré siete claros en total. Cuando el sol comenzaba a alejarse hacia el horizonte el claro en que me encontraba quedó en penumbra, más parecía un agujero negro que un espacio vacío. Escuché al viento soplar con fuerza, mecer las copas de los árboles y barrer las hojas del piso a donde me encontraba de pie. Fue en ese instante en que escuché un sonido que me dejo inmóvil por unos segundos, y cuando pude moverme, me alejé del claro que se había vuelto oscuro.

Fue del oscuro que una figura de unos cinco pies y medio, con cabello corto y oscuro como el ébano, con piel tan clara como el mármol y los ojos tan rojos como la sangre, se aproximó hacia mí. Esta figura venía vestida de una forma muy peculiar, con una gabardina al estilo de los jeans negro y un traje que parecía provenir del siglo XVIII. La figura, o el hombre, como puede apreciar mientras se aproximaba, tenía una sonrisa amable en la que mostraba sus dientes tan claros que pudieron haber sido transparentes. Por su apariencia y porte deduje que no debía tener menos de quince años ni más de veinte. Caminó y… ¿desapareció en el aire? No podía creerlo y dije en voz alta –¿acaso será un fantasma?

-Sería fácil decir que soy un fantasma- dijo una voz detrás de mí con la letra S muy pronunciada como el sonido que emite una serpiente.

Me di la vuelta y vi que se encontraba recostado de uno de los árboles y sus penetrantes ojos rojos me observaban con malicia, me observaban como sí supiera todo lo que yo sabía. Levantó una mano y me indicó que me acercara, pero yo no lo hice y le pregunté -¿quién eres tú?

Me mostró sus dientes y escupió unas leves carcajadas que no me esperaba, se pasó la mano por el cabello y me dijo –¿enserio quieres saber quien soy?

-Si- le contesté.

-Muy bien, si eso es lo que quieres… ven conmigo-. Me extendió su mano y sin pensarlo la tomé. Su piel era suave, pero fría como hielo y sus uñas brillaban como los diamantes pulidos. Me llevó al oscuro, cerré los ojos sin saber que me ocurriría. En un instante nos detuvimos, y él me dijo –abre los ojos y observa la realidad del mundo.

Abrí los ojos y vi que estábamos sobre una montaña observando un valle, un hermoso y verde valle que era iluminado por el sol. Era el más bello espectáculo que mis jóvenes ojos apreciaran jamás. Dejé de mirar el paisaje y miré al joven de los ojos rojos, y él me miró a mí, y le pregunté -¿Qué lugar es este? nunca lo había visto.

-No, no, no. Si lo has visto, y vives aquí, pero tu pueblo, tu gente lo ha reducido a una milésima de lo que una vez fue. Los árboles, las colinas, las montañas, el lago. Todo fue reducido a una ciudad de criaturas que no viven en una tierra real.

-¿A que te refieres?

-A que los humanos han decidido crear sus propios entornos, a destruir los entornos que no se adaptan a ellos. Es por esto que la tierra ha decidido hacer una revolución, es por esto que tú estas aquí.

-¿Quién eres tú?

-Yo soy la voz de quien nunca es escuchada, el grito que hace décadas fue encerrado en las profundidades de la oscuridad, y tú, inconsciente y curioso has abierto la puerta. Tú, has cruzado los siete claros que son oscuros. Tú, has roto la maldición que los humanos han depositado en la tierra.

-Y ¿Qué eres tú?

-Yo fui creado por la tierra. Mi piel es del mármol más blanco de la tierra, mis uñas son de diamantes extraídos de las profundidades de la tierra, y mis ojos son magma hirviendo del nucleo del planeta. Tengo la apariencia de un humano, pero no lo soy, yo soy la esencia de la tierra, y ha llegado el momento de cobrarle a la humanidad todo lo que me ha arrebatado.

Estaba aterrado con las palabras de ese ser. ¿Pensara destruir a la humanidad? no lo sabía. Solo pensé en cerrar los ojos y echarme a llorar como lo que era, un niño. El ser se aproximó a mí y me rodeó con un brazo y me dijo -¿por qué lloras? Si no todo esta perdido.

-¿Piensas destruir a los humanos?- le pregunté sollozo.

-Y ¿por qué he dejarlos vivir? Dame una razón.

-No tengo nada que pruebe que hacen el bien. Pero siempre me han hablado de la misericordia. ¿No podrías ser tu misericordioso y darnos otra oportunidad?

-Misericordia es algo que siempre he tenido, los he perdonado una y otra vez, pero no aprenden la lección. Los he azotado con plagas, huracanes, tornados, terremotos, sequías y muchas más; y ¿qué han aprendido? Nada. Continúan con sus plagas personales y el odio mutuo.

-Entonces tú tienes la respuesta a tu pregunta.

-¿A que te refieres?

-Si el hombre se ha destruido solo, quiere decir que lo que queda sobre la tierra son los vestigios de una civilización que ya esta condenada a muerte.

-Sabes, tienes razón. Pero aun de entre esas ruinas puede resurgir la humanidad con más fuerza y acabar incluso conmigo-. Me observó con sus profundos ojos rojos, suspiró y me dijo –regresemos-. Me tomó de la mano, cerré los ojos como la vez anterior y me deje llevar por su fría mano de mármol.

Cuando me dijo que abriera los ojos lo hice, y note que estábamos al borde del bosque, y la noche ya había caído como un manto sobre el sol. El ser aun sostenía mi mano, no se sentía incomodo, pues era una figura hermosa y emanaba confianza y rectitud. Noté que toda la ciudad estaba más alumbrada de lo normal. Nos acercamos al borde de la ciudad y todos sus habitantes corrían de un lado para otro como si se estuvieran sofocando. Unos yacían en el suelo, inmóviles y otros aun tenían movimiento. Angustia, dolor, sufrimiento. Era lo que veía y sentía.

-¿Por qué haces esto?- le pregunte gritando.

Con una sonrisa en su rostro y una carcajada me contestó – esto no es obra mía, pequeño. Tu gente ha causado este desastre. Remplazaron el oxigeno por gases venenosos, la brisa fresca por el calentamiento global. Tal como tú dijiste, yo no tengo que deshacerme de tu especie, ellos por sí solo lo hacen. Vamos, continuemos. Cierra los ojos.

Yo le obedecí y los cerré. Comenzó a caminar y yo continuaba de su mano. Era como caminar en el vacío, no fue hasta ese momento en que lo noté. Caminamos un poco más y nos detuvimos.

-Abre los ojos- me dijo.

Los abrí lentamente y vi algo inesperado. Arena, ventiscas, calor, el sol aferrándose a mí piel como una alimaña. Nos encontrábamos en un desierto.

-¿En donde estamos ahora?- pregunté.

-En el mismo lugar de hacen muchos siglo, el valle donde habitas. Esto es lo que ocurrió conmigo, en esto me convertiré. En tierra estéril, sin vida, en una enorme ventisca que arropó los vestigios de la humanidad que causó este desastre. No encontraras en ninguna parte del mundo a un solo ser vivo. La tierras se ha reducido a porciones mínimas, y más del noventa por ciento del mundo es agua salada que hierve como un volcán en erupción-. Sus ojos miraban a lo lejos el desértico paisaje.

-¿No hay algo que se pueda hacer?

-¿De qué depende el mundo? ¿Hacen faltas cientos de cambios para que todo sea diferente? No, con un solo basta. Con uno solo, esto jamás llegará a ser real-. Bajó su mirada hacia mí, y me sonríe como solía hacerlo. El mundo entero me sonreía, y yo le sonreía al mundo entero. –Volvamos a casa-. Me tendió su mano, la tomé y esta vez el vacío había desaparecido, y un camino empedrado se hizo real en un bosque magnifico nacido de la nada.

Caminamos hasta salir del oscuro, pero al mirarlo nuevamente ya no era oscuro, era un claro. El ser me llevó hasta el borde del bosque y me soltó la mano, iba a correr hasta mi casa pero él me dijo –espera, antes de que te vayas quiero pedirte un favor-. Se acercó a mí y me dijo –sabes lo que hará tu especie en el mundo, sabes que los he perdonado porque tú me lo pediste, pero ahora tu cargaras con el peso del mundo, y quiero darte una ayuda- introdujo una mano en su gabardina y extrajo una bolsa de terciopelo roja con una cuerda dorada que la mantenía cerrada –en esta bolsa encontraras semillas, ve por toda la ciudad y riégalas. Y además, toma esto- alargó una mano y se arrancó las cinco uñas de diamante –con esto, espera a ser mayor y compra este valle, y hazlo renacer como el ave fénix.

-Así lo haré- le dije, y mire sus ojos rojos y sus dientes casi transparente que se apreciaban en su sonrisa. Cuando se dio la vuelta para marcharse le pregunté -¿tienes nombre?

Sin darse la vuelta escuché una carcajada y me dijo –Tellus- aguardó unos segundos y dijo – nos veremos, Arbor- y caminó por el bosque hasta perderse en la espesura.

Los años han sido largos, casi tan largos como la vida de un árbol.

Esparcí todas las semillas por la ciudad, y a la mañana siguiente al despertar todo estaba forrado de verde, árboles que parecían tener más de cien años, enredaderas que se aferraban en las casas, flores silvestres que llenaban de color las calles. La gente del pueblo supo que yo había hecho eso, que yo había entrado al bosque del que ellos no hablaban, había visto al demonio en persona, el demonio de ojos rojos. Entonces supe, que temían por sus vidas, temían que yo fuera ese ser de ojos rojos.

No fue hasta que los otros niños señalaban el camino por el que transitaba que me di cuenta que a mi paso en el suelo los capullos abrían y la grama seca volvía a la vida, y supe que la gente del pueblo tenia razón, yo me había convertido en ese ser de ojos rojos, ahora era parte de la esencia de la tierra, y era uno con ella.

Con los años comprendí que ese era mi destino, hacer la diferencia en el mundo, mostrarle a la raza humana que su vida es corta, que vivimos entre niebla espesa, y que el momento ha llegado para que el sol ilumine la mente humana. Ahora camino por las calles, y a mi paso el mundo florece, he restaurado el valle, he hecho que las luces del bosque brillen otra vez. Pero esto es tan sólo mi parte de la historia, una fracción de la historia de la humanidad. Y aunque nunca he vuelto a hablar con Tellus debes en cuando mientras transito por algún camino muy concurrido veo a un hombre tan blanco como el mármol, con cabello oscuro y ojos rojos, sonreír a su paso, como sí todo en la Tierra fuera diferente.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La Selva de las Puertas -Cuento-

Mientras el viajero caminaba a la orilla del río negro, pensó en el final de su travesía en la oscura selva. Durante un año había vivido en esta tierra salvaje de inminentes lluvias y veredas infinitas, la espesura y la niebla eran tan densas como una cortina. El alimento era tan escaso como la seguridad de una noche sin disturbios. Caminó a todo lo largo del río hasta llegar a una cascada, pero esta no era cualquier cascada, pues el agua no llegaba hasta el fondo, sino que subía hasta el cielo hasta perderse de vista. Esta selva tampoco era común, pues el árbol más pequeño medía cinco mil pies y las hojas cambiaban de color dependiendo la hora del día. También las rocas eran muy extrañas, una simple roca podría hacer a cualquiera rico. En cambio había diamantes, los cuales para la gente no tenían ningún valor.

Unos pies antes de subir la cascada, había una roca hueca en la que había una puerta de cristal pulido en un umbral de oro labrado. No era muy común encontrar puertas a través de esta selva, no por nada le llamaban la Selva de las Puertas. Por cualquier rincón se podía apreciar una puerta de madera podrida o de metal corroído. Una puerta lleva a la otra y otra a la otra, nunca se sabe en que parte de la selva pudieras terminar. Pero esta puerta no era igual a las otras, no existía una puerta tan bella y esplendida en todo el planeta Arreit.

El viajero comenzó a recoger diamantes de las orillas y los lanzó al agua, recogió pedazos de madera y los colocó sobre la pequeña pila de rocas, y como lo había planeado tenía un puente hasta la roca hueca. Cruzó con cautela, paso a paso para no caer en las aguas negras del río que llega hasta el infinito, un río que desemboca por el millar de universos que albergan vida de todas formas y colores. El viajero llegó hasta la roca y saltó y cayó firme. Observó de cerca y con cautela la puerta, analizó cada pliegue y labrado de oro y cristal. Tenía un globo con porciones superficiales y criaturas parecidas a él, pero distintas, pues al observar de cerca el labrado pudo apreciar que las imágenes tenían color y una forma definida como los daguerrotipos. Los ojos de esas criaturas eran de muchos colores distintos, sus cuerpos eran de distintos colores, sus portes y figuras eran todas distintas, pero guardaban un parecido con su pueblo.

Dejó de mirar la puerta y volvió a apreciar su entorno, uno muy siniestro y a la vez muy bello, pues guardaba uno de los grandes misterios del universo. Volvió a darse la vuelta hacia la puerta y esta vez se llevó una sorpresa, pues una figura extraña se encontraba de pie justo en frente de la puerta. Una figura cubierta con una fina película de musgo verde, un cabello tan enredado como las lianas de los monumentales árboles, unas uñas de una materia desconocida y una piel tan oscura como el suelo subterráneo de los poblados de su gente. Su forma parecía la de una mujer.

La figura acercó su rostro hasta tenerlo muy cerca al del viajero, y este pudo apreciar su olor a humedad y barro. El cabello de la mujer rozó su rostro y sintió la aspereza de las lianas, y el suave cosquilleo de las diminutas hojas.

-¿Quién eres tú?- preguntó el viajero.

-Yo soy una náyade del río negro. Guardiana de la puerta de cristal y oro.

-¿Qué hay tras esa puerta?

-Hay un mundo muy distinto, pero al mismo tiempo muy parecido. Un mundo que vive en tinieblas y sombras que asesinan sin compasión a aquel que se oponga a las criaturas que gobiernan esas planicies y montañas. En ese mundo el sol brilla mucho más que este, el agua de los ríos es cristalina, y esas rocas brillantes que hay por todo el río valen más que ese líquido preciado que trae vitalidad a todos los seres que habitan el planeta. Allá los árboles no son tan inmensos como estos, pero la luz refleja todo los colores y hacen que se vean tan verdes como los trajes que ustedes suelen usar.

-Suena demasiado bonito para ser tan horrible como comienzas describiéndolo.

-Es cierto, es un mundo muy hermoso, pero los seres destructores que habitan allí, lo reducen a cenizas, y todo lo que una vez fue, se perderá en las espesas nieblas evanescentes.

-¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

-Tu gente no es cualquier raza, pues ustedes provienen de ese mismo lugar de belleza radiante. Pero su origen no es el mismo que el de los destructores. Usted nacieron del suelo, usted son el suelo, ustedes son la esencia del planeta Tierra.

-Y sí provenimos de ese planeta Tierra, ¿Qué hacemos aquí?

- Esa es una contestación que debes aprenderla por ti mismo. Tú deberás cruzar la puerta y, lograr convencer a los destructores, de todo el mal que hacen. Tú, viajero, eres el único que puede abrir los ojos de la humanidad.

El viajero observó con curiosidad a la náyade, mientras esta le sonreía de manera amable y carismática. La náyade se hizo a un lado de la puerta y le dijo –es tiempo de que cruces el umbral y confrontes a la humanidad. Es tiempo de que dejes la selva de las puertas, y te adentres al laberinto de la mente y del mundo.

El viajero encontró los ojos de la náyade y los observó fijamente y ella los de él. Él observaba sus profundos ojos negros, y ella observó los profundos ojos rojos del viajero. Ambos sonrieron al unísono, y se tendieron las manos al mismo tiempo. La náyade tomó la perilla perfectamente tallada como un hexágono y la giró lentamente. Abrió la puerta y un resplandor provino del otro lado de la puerta, cegando por unos instantes al viajero. Caminó hasta el otro lado, cruzó del planeta Arreit al planeta Tierra, cruzó de un viaje a otro, cruzó al más peligro de los destinos; convencer a la humanidad de que la vida vale la pena.


* * *


Todo era tal como lo había descrito la náyade, un mundo de hermosos colores formas, con un parecido al mundo en donde había vivido por muchas décadas. Y es en este mundo, en este paraíso multicolores que encontraría la perdición, aunque también la redención. Y es aquí donde se va a encaminar a un poblado de criaturas muy parecidas a él, pero a la vez muy distintas.

Era un poblado muy antiguo y rural, su vida la habían pasado entre bosques y valles; eran capaces de todo, incluso hasta de matar por lo que no aceptaban.

El viajero se acercó al pueblo y los habitantes lo observaron incrédulos, vieron entrar al demonio a su propio territorio. El viajero comenzó un discurso acerca del mal que ellos causaban a su propio mundo, pero ninguno lo escuchaba, todo preparaban a escondidas una gran hoguera en donde encender al demonio en llamas. Cuando estuvo lista todos se acercaron al viajero y lo tomaron entre todos, lo amarraron al poste de madera y lo insultaron, escupieron y hasta apedrearon. Pero nada hizo que el viajero dejara de hablarles. Ni siquiera el fuego pudo consumir su piel de mármol blanca y reluciente, y todo el pueblo decidió llevarlo al bosque maldito del que había salido.

Al internarse al bosque con el viajero en manos, se dieron cuenta de algo inusual, los lugares donde una vez hubieron claros, se habían tornado oscuros como el carbón, pensaron que de hay provenía el demonio y lo lanzaron sin piedad, viviendo para siempre con el miedo de un demonio de ojos rojos y piel de mármol.


* * *


El viajero, se encontró en una tierra oscura, donde no había nada que produjera un haz de luz potente. Por suerte, sus ojos rojos le permitían ver en la oscuridad y pudo apreciar que se encontraba en una selva, era muy parecida a la de su planeta, pero esta era muy diferente, pues los árboles no eran tan altos como los de su planeta y las puertas que había estaban destruidas. El río estaba seco, y detrás de él había una puerta similar a la que había sobre la roca del río en su mundo.

-¿Qué es este lugar?- se preguntó el viajero.

-Este, mi querido viajero es tu mundo. Alguna vez fue pacifico y hermoso, pero al igual que el mundo de los humanos tu raza se corrompió por la codicia y este fue el precio que pagaron. Esas es la respuesta a una tus pregunta- dijo la náyade del río negro.

-¿Cuál de todas?

La náyade se acercó al viajero e imitando su voz le dijo –y sí provenimos de ese planeta Tierra, ¿qué hacemos aquí?

-No comprendo.

-No tienes que comprenderlo, sólo vívelo. Espera unos minutos, la puerta volverá ha abrirse, y desde ese instante serás bienvenido por siempre. Nadie podrá echarte de allí, sólo aquel que te dejo entrar podrá hacerlo.

-Pero no se como convencer a los humanos de todo el mal que hacen. Ya lo intenté una vez y no lo logré.

-Si fallas sigue intentándolo, si te caes levántate. Nada es imposible. Usa tu encanto, tus habilidades. Para tu gente no era nada fuera de lo normal, pero para ellos será el acto más extraño, terrorífico y fantástico de todos.

-Muy bien, creo que volveré a intentarlo.

-Bien. Demuestra que la raza de los Terraignus no son solo figuras de mármol.

-Lo haré-. El viajero vio la puerta abrirse y corrió hacia ella sin detenerse. La náyade había desaparecido. Y solo era posible ver la selva de las puertas por una fracción de segundos a través del oscuro.

lunes, 12 de marzo de 2012

El Respiradero -Cuento-

Este cuento es parte de la antología de cuentos El Ático Subterráneo y otros cuentos, disponible en Amazon para todo el mundo. Si te agrada este cuentos toma el tiempo de decidir si quieres conocer otras historias de fantasía y ciencia-ficción.

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-El aire era completamente raro por todas partes y el calor sofocante no ayudaba a calmar el desespero colectivo de la población que constantemente le exigían sus gobiernos una mejor calidad de aire para llevar un ritmo normal, lo que de esa forma aumentaría su productividad en las súper ciudades sobrepobladas de seres humanos.  Afortunadamente  los gobiernos habían legislado e impuesto leyes que controlan la natalidad, ya que el aumento de la población había supuesto un aumento en las áreas de vivienda, lo que concluye en la destrucción masiva de los bosques, junglas, selvas tropicales, sabanas, desiertos, y hasta arrecifes en los que se construyen enormes condominios de lujo donde habitan los propios legisladores, gobernantes y aristócratas contemporáneos ansiosos por cazar ballenas, práctica que se volvió legal cuando la mayoría de los mamíferos y ovíparos perdieron sus hábitat y produjeron la extinción en masa de cientos de especies comunes. Todo el mundo está cubierto por una sábana gris de dióxido de carbono de los automóviles a base de los últimos abastos de petróleo. Y es así como comienza el final…

El anciano hizo una pausa. Tomó de la mesa una taza rota de té, y la llevó a sus arrugados labios mientras sus pequeños ojos intentaban observar el remanente de lo que parecían hojas molidas colarse hacia su boca. El otro hombre frente a él lo observaba con una fascinación casi inocente mientras jugueteaba con el exceso de hojas molidas que había sobre la cuchara agujereada con una mano. Con la otra mano se arreglaba de vez en cuando la mascarilla de oxigeno por su problema pulmonar. Observaba constantemente el costoso reloj de pulsera hecho en oro con incrustaciones de distintos diamantes y distintos trozos de madera de arboles extintos.

-Es una historia fascinante- le dice el hombre con simpatía, -pero mi interés es la preciosa posesión que usted oculta tan celosamente del mundo entero. Esa enorme arquitectura creada por la fallecida madre naturaleza. Ese ostentoso y verde árbol que le brinda aire puro a su persona sin necesidad de utilizar uno de nuestros respiradores.

El anciano soltó una tenue carcajada mientras colocaba sobre la mesa la taza vacía. –¿Una historia fascinante? Si, tal vez. Pero muy cierta también. El mundo continúa girando sin necesidad de sus verdes pulmones; la tierra ya no es tierra, es lodo radioactivo, desechos tóxicos, pequeños manojos de cianuro que al simple tacto quema las huellas dactilares de las manos. ¿Usted pretende que yo le muestra el vestigio de la decadencia? ¿Quiere conocer los últimos latidos de este mundo?

El hombre sin pensarlo y cambiando su mirada por una de deseo respondió –Si, deseo ver el último árbol de este planeta.

-¿Está usted tan seguro de que tal árbol existe? ¿Cómo no dudar de la veracidad de las palabras sin evidencia suficiente? ¿Cómo creer un chisme que se ha regado como la pólvora con tanta facilidad?

El hombre no dijo ni una palabra, solo levantó su mano derecha con gesto firme y señaló el respiradero que conecta a todos los hogares, y edificios del país para respirar un solo aire, el aire de la compañía del mismo hombre que señalaba la marca de su poder sobre la humanidad.

-¿El respiradero? La infernal máquina que zumba sin cesar, es peor que el tic tac constante que escucho. No amigo mío, no necesito de aire para respirar, ni alimento para comer, si luz para vivir ni agua para no morir de sed…

El anciano se mantuvo en silencio unos segundos y continuó hablando- Este no es el mismo planeta de hace cien generaciones atrás. Ya nada es verde, todo es gris y negro, lo verde se convierte en exótico para las personas como usted. El árbol que busca es una metáfora de la vida perdida, de aquella nimia inocencia que mantenía el balance entre lo que es correcto y lo que es verdad. Mírese a usted, un hombre a la mitad de su vida con problemas respiratorios que lo obligan a vivir conectado a una maquina con miedo a un pequeño cambio en la energía de la batería que en estos momentos sustenta su sistema. ¿Será la batería lo suficientemente nuevo? ¿Estará demasiado usada como para sostener todo el tiempo que he perdido hablando con este anciano? Muchas cosas se preguntan los humanos sobre el origen y significado de la vida, muchos persiguen la eternidad de las palabras vacías para encontrar que todo era un espejismo de la belleza del lenguaje… Eternidad, que hermosa palabra, tan hermosa que ha decorado mi última oración como un árbol. La estética del leguaje que ya no existe en este tiempo, en este instante. Todos van directo al grano, por eso ya no se imprimen novela sino manuales de uso, ya no se escriben cuentos sino memorandos constantes, no se redactan poemas sino enormes fotografías del pasado ya perdido e inalcanzable, y las del presente carentes de sentimiento alguno.

El hombre comenzaba a perder la paciencia con el anciano, odiaba que la plebe se regodeara con cursilerías obsoletas. -¿Existe?- preguntó casi pronunciando cada sílaba. -¿O no?

-Todo depende de quién lo busque y para qué- dijo el anciano. Sin decir nada más, el anciano se se puso de pie y recogió las tazas de té para dejarla sobre otra mesa. 

-Por favor, debo insistir una última vez, entrégueme el árbol. Usted puede fanfarronear todo lo que quiera, pero si no existe, de dónde saca las hojas con las que prepara su té.- El hombre había perdido la paciencia y había sacado de uno de sus múltiples bolsillo una pistola antigua y cargada.

-Usted viva con sus respiraderos artificiales, yo continuaré viviendo como me fue encomendado con mi árbol. Todos tenemos lo que necesitamos, y usted no necesita lo que quiere.- El anciano se dio la vuelta y vio al hombre apuntándole con la pistola, y sin otra respuesta o juego de palabras le dijo al hombre -¡Fuego!

Y una chispa saltó de la pistola y a una velocidad casi imperceptible una bala traspasó la cabeza del anciano, dejando una enorme mancha roja sobre la pared del fondo de la pequeña estancia. El cuerpo se desplomó instantáneamente, y del agujero en la cabeza continuaba saliendo sangre, una sangre transparente con un leve tono rojizo que alarmó al hombre que aun apuntaba con la pistola a la pared. El hombre intentó ponerse en pie para acercarse al cuerpo inerte. Luego de un minuto lo logró y caminó con parsimonia al cuerpo, aunque su rostro no sabía que esperar y las muecas faciales cambiaban en cuestión de segundos.  El hombre había matado a muchas personas, estaba acostumbrado a lidiar con casos como este. Mientras caminaba sacó de otro bolsillo algo pequeño que cabía en la palma de su mano. Usualmente el hombre tenía algún artilugio mecánica que incluía una cámara, y las fotografías de cuerpos muertos posando sus muertes se habían convertido en su secretos trofeos. Pero este cuerpo, el cuerpo del anciano en específico no se le antojaba fotografiable. Más que algo que alguna vez pudo haber tenido vida y alma, parecía un muñeco roto, uno de los tantos androides que decomisa diariamente su compañía. Recordó las palabras del anciano criticando la fotografía y cierto malestar biliar se impuso en su cuerpo. 

El hombre se inclinó hasta el rostro del anciano, observó la herida supurando y comprendió porque la imagen se le antojaba artificial.

-¡Pero si es un androide!- dijo el hombre demasiado exaltado, tanto que la mascarilla saltó de su rostro y cayó sobre el cadáver mecánico y se manchó con la sangre que el hombre pudo identificar como aceite.

El hombre estiró su brazo para tomar la mascarilla, no tenía aire, se asfixiaba lentamente. Pero su mano nunca alcanzó la mascarilla, pues la mano del anciano/androide la sujetó, la apretó con fuerza y la lanzó lejos.

-¿Quiere usted el árbol?- dijo el anciano con una voz casi metálica y temblorosa. -Todos tenemos el árbol dentro de nosotros. El árbol de la vida y de la muerte, los respiradores naturales que crecían en este planeta, la esperanza ya perdida del hombre tecnológico. Un respiradero artificial, una cámara para conservar el rostro de la muerte al alcance de la mano, el horror de vivir sin acción y morir en vano sobre una cama en paz, la pericia y rapidez de un flash aire clic vacío.-Estiró su mano y tomó la cámara de la mano del hombre asfixiado.

El hombre en los últimos cuarenta segundo intentó preguntar -¿El árbol? ¿Dónde está el árbol? ¿Qué ocurre aquí? No hay aire, no hay ni una gota de oxígeno.- Y cinco segundos antes de desvanecerse en el sueño de la muerte comprendió lo que debió entender cuando vio el cadáver. –No árbol ni aire ni fotografía ni vi…
Lo último que vio y escuchó fue el fogonazo lumínico de la muerte y el clic apagado de la vida.                 

martes, 28 de febrero de 2012

I.“The Pedestrian” en contexto del Flâneur, el Televisor, su Contraparte Televisiva y el Castigo Social -Ensayo-

Esta es la primera parte de mi tesina de bachillerato del programa de Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras para el curso de "El Cuento Moderno". En ella utilizé tres cuentos del reconocido escrito de ciencia-ficción Ray Bradbury, de su libro Las Doradas Manzanas del Sol (The Golden Apples of the Sun). Esta primera parte es sobre el cuento "The Pedestrian". Aquí se los dejo; si desean conocer el resto de este trabajo dejadmelo saber por medio de sus comentarios. 

©William Rosado Ocasio, 2011
Prohibido el uso de este trabajo para fines comerciales o lucrativos sin el debido permiso del autor.


“Was that a murmur of laugher from within a moonwhite House?

 He hesitated, but went on when nothing more happened. He

 Stumbled over a particular uneven section of sidewalk. The

 Cement was vanishing under flowers and grass. In ten years

Of walking by night or day, for thousands of miles, he had

Never met another person walking, not once in all time.”

                                                            -Ray Bradbury, “The Pedestrian” (815)

          El reconocido critico Harold Bloom comienza su libro de recopilación de artículos (de distintos autores) sobre Ray Bradbury con una nota que puede ser un poco desalentadora pero que en cierto punto refleja la realidad de su escritura, y hasta cierto punto (en mi opinión) muestra la inhumanidad de la humanidad dentro de los personajes de Bradbury: “Bradbury indeed is one of the masters of science fiction and fantasy, and he is highly inventive and humane. His palpable failure is in style: his language is thin, and his characters are names upon the page.” (Bloom 1). Claro que Brabdury seguía la fuente popular literaria de su generación, la ciencia ficción, pero de entre todos los autores del género que surgieron como Isaac Asimov, H. G. Wells, C. S. Lewis, Jules Verne, entre otros, que tenían una característica mucho más compleja y verdaderamente científica dentro del género, Bradbury nos cuenta historias de ciencia ficción sin detalles técnicos, nos muestra un futuro de cohetes y maquinas que al final acabaran con nosotros y con los estilos de vida más tradicionales. La lectura es uno de ellos, al igual que el pasearse por la ciudad, pues todo esto sería considerado retrograda como si alguien en tiempos presentes pretendiera formar nuevamente la inquisición para perseguir a los judíos o a los musulmanes y quemar libros que no les parecen corrector. Es casi el retorno de un culto religioso de adoración a la máquina que te brinda comodidad y peligro al mismo tiempo.

            Comenzaré con el cuento “The Pedestrian” que cuenta sobre los paseos nocturnos que suele dar por la ciudad el señor Leonard Mead mientras el resto de la población se encuentran reunidas en sus hogares observando el televisor. Suena algo pintoresco escucharlo, puesto que hoy día vivimos parte de esa realidad, que hace casi sesenta años Bradbury lo describiera no debe sorprendernos que el televisor se convirtiera en uno de los artefactos domésticos principales del ser humano. Leonard Mead es un caminante o paseante habitual, es lo que Baudelaire llama el flâneur, aunque si vemos bien en palabras de Domingo Faustino Sarmiento:

El español no tiene palabras para indicar aquel farniente de los italianos, el flaner de los franceses porque son uno u otro en su estado normal. […] El flâneur persigue también una cosa, que el mismo no sabe lo que es; busca, mira, examina, pasa delante, va dulcemente, hace rodeos, marcha y llega al final… a veces a orillas del Sena, al bulevar otras, o al Palais Royal con más frecuencia. (en Monteleone 79).

Es también curioso que el flâneur no es únicamente un caminante que observa, sino que en palabras de Walter Benjamins:

Es la mirada del flâneur, en cuya forma de vida todavía se asoma con un resplandor de reconciliación la futura y desconsolada forma de vida del hombre de la gran ciudad. El flâneur está a un en el umbral, tanto de la gran ciudad como de la clase burguesa. […] En ninguna de ellas se siente en casa. Busca su asilo en la multitud. […] La multitud es el velo a través del cual la ciudad habitual hace un guiño al flâneur, como si se tratase de una fantasmagoría. (Pasajes 45).

Posiblemente cuando comparamos que Leonard Mead se pasea solo mientras que el flâneur se pasea entre la multitud vemos el paralelismo de ambas figuras. Mead busca lo mismo del flâneur, que el flâneur busca de la multitud, busca la compañía en la soledad de la calles, pudiese sonar contradictorio pero el flâneur se pasea entre la multitud intentando encontrar la compañía sabiendo que no va a encontrar nada al igual que Leonard Mead cuando se pasea por las calles vacías en la noche y como en la cita introductoria de este ensayo nunca en todos los años de caminar en la noche se ha encontrado con otra persona. Es una sociedad tan idealizada que el único caminante de la ciudad se pasea en la soledad, acompañado por las aceras vacías y las carreteras libres de vehículos porque la población tiene otro medio de relacionarse muy particular que posiblemente un Baudelaire con su flâneur parisino no hubiese imaginado. Cuando comparamos el cuento con el episodio de la serie televisiva The Ray Bradbury Theater nos encontramos con la misma idea del caminante, pero esta vez el caminante no va solo sino acompañado de un amigo al que convenció, otro aspecto diferente es el de la ilegalidad de su salida nocturna ya que por ello pueden ser arrestados, además de que curiosamente siendo a única supuesta patrulla de toda la ciudad (en el cuento la patrulla es un automóvil y en el episodio un helicóptero, ambos automatizados) siempre dan a parar con ellos, algo que en el episodio es poco creíble (más adelante continuaré hablando sobre la patrulla). El flâneur toma otro concepto en el episodio, pues ya esa soledad, ese compartir con otros caminantes se hace posible al Mead trasmitirle su ideal a su amigo, de pasearse y observar el paisaje, de lo que Benjamins tiene algo que decir al respecto: “El habitante de la ciudad, cuya superioridad política sobre el campo se expresa de múltiples maneras en el transcurso del siglo, intenta traer el campo a la ciudad. La ciudad se extiende en los panoramas hasta ser paisaje,[…].” (Paisajes 40). En el episodio el enfoque de la salida nocturna son los paisajes a diferencia del cuento en el que el enfoque es mas el de caminar por la ciudad vacía y la fuerte crítica al televisor.    

El televisor vino a substituir la soledad colectiva que existía entre las personas de la muchedumbre de la urbe por una soledad individualizada, puesto que las personas ya no tienen que abandonar del todo sus hogares para conocer que ocurre en el mundo. Aunque si puede congregarse un grupo de individuos junto al televisor, la experiencia se vuelve una personal ya que cada individuo puede recibir la información de manera distinta y trasmitir a su vez algún descontento porque otro individuo no haya visto o percibido lo mismo que él, lo que convierte al televisor en una nueva fuente de ambigüedad. Leonard Mead dice en “The Pedestrian”:

‘Hello, in there,’ he whispered to every house on every side as he moved. ‘What’s up tonight on Channel 4, Channel 7, Channel 9? Where are the cowboys rushing, and do I see the United States Cavalry over the next hill to the rescue?’ […] ‘What is it now?’ he asked the houses, noticing his wristwatch. ‘Eight-thirty P.M.? Time for a dozen assorted murders? A quiz? A revenue? A comedian falling off the stage?’ (Pedestrian 815).            

El personaje de alguna manera se mofa de la actitud colectaba de la muchedumbre reunida frente al televisor, mientras él se pasea bajo el aire natural, ellos se encierran en la oscuridad de una soledad de falsa colectividad y ambigüedad, que produce malestar tanto entre las masas como en el individualismo.

In the U.S., the average person spends 40 percent of his/her free time attending to television at some level (Robinson and Converse 1972). The average American family's television set is turned on for about six hours per day. Ninety-eight percent of all households have television sets and 76 percent of the total population watches television on a given night during prime time (U.S. Bureau of the Census 1990). At the current rate of growth, there will be an average of two televisions per U.S. household in 1995. (Adams 118). 

El televisor tal y como ocurre en “The Pedestrian” se ha alojado en cada hogar de los Estados Unidos de América, con su programación y fácil entretenimiento induce de manera inconsciente al aquel espectador a sentarse y pasar horas muertas adquiriendo conocimiento que le puede ser de relevancia al individuo, como puede que no. Esto es lo que Edward Relph nos explica en la siguiente cita:

Mass media conveniently provide simplified and selective identities for places beyond the realm of immediate experience of the audience, and hence tend to fabricate a pseudo-world of pseudo-places. And someone exposed to these synthetic identities and stereotypes will almost inevitably be inclined to experience actual places in terms of them-a fact not missed by the developers of such real-life pseudo-places as Waikiki or Disneyland (1976, 58). (En Adams 121).     

Luego de todo esto aun tenemos por hablar del cuento el final, cuando Leonard Mead de regreso a su casa es detenido por el único vehículo policiaco de la ciudad. Con esto regreso a aquel punto que mencioné sobre las diferencias vehiculares entre el episodio y el cuento. Hablamos sobre como Mead es detenido por la policía automatizada (que no es controlada por ningún ser viviente a distancia sino por un robot) quien cuestiona a Mead sobre sus razones para estar fuera de su casa, a lo que sus respuestas parecen triviales a nosotros (“‘Walking for air. Walking to see’.” (Pedestrian 817).), pero es muy posible que para las leyes de esa distopía bradburiana fuera un crimen salir en la noche, el pensar fuera del parámetro social del momento. Foucault dice: “Para ser útil, el castigo debe tener como objetivo las consecuencias del delito, entendidas como la serie de desórdenes que es capaz de iniciar.” (Foucault 86). ¿El castigo para Leonard Mead? Muy simple, ser internado en el “Psychiatric Center for Reaserch on Regressive Tendencies”, ya que al no estar casado el conductor robótico no tiene forma de verificar su cuartada.(Bradbury 818). ¿Pero de que cuartada habla? Mead pregunta el por qué de su arresto y esa es toda la respuesta que le entrega el robot. ¿Es que caso se criminaliza a los seguidores de la “vieja escuela” (con ello me refiero a las personas que como Mead conservan costumbre del pasado)? ¿Se teme que la población siga su ejemplo y el futuro se vea detenido por una línea de pensamiento? ¿Existe la suficiente substitución de humanos por maquinas para que estas como las historias de Isaac Asimov [I, Robot] lleguen a razonar su posible desaparición si de alguna manera se comienza el desprendimiento de los equipos tecnológicos menores? Todo esto únicamente lo digo en el contexto del cuento ya que el final del episodio termina de forma distinta. El helicóptero puede ser claramente la idea que Foucault presenta como el panóptico (que también aplica a la visión del cuento en cuanto a las rígidas leyes y reglas que se tiene en las prisiones para el control total de los reos), un centro carcelario ideal que con una distribución arquitectónica especifica le permite al vigilante desde una torre en el centro observar a todos los prisionero:

Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. […] Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. […]Cada cual, en su lugar, está bien encerrado en una celda en la que es visto de frente por el vigilante; pero los muros laterales le impiden entrar en contacto con sus compañeros. Es visto, pero él no ve, […]. (Foucault 204-205)

El helicóptero es la torre que todo lo observa en la ciudad, no hay nada que se le escape, apunta con su foco el punto especifico, de esta manera encuentran a Mead y Stockwell (que no aparece en el cuento) ocurre el mismo intercambio de palabras que en el cuento con la diferencia de la falta de emoción de Mead y sin cuestionar demasiado el por qué del arresto ya que el episodio tiende a ser más claro y nos muestra que el gobierno parece ser uno totalitario. Luego de toda una visión futurística de los cincuenta, de apreciar al flâneur como el poeta ambulante que es Leonard Mead, de apreciar el extraño castigo que sufre y la visión panóptica y ominosa de la sinrazón social de esta distopía solo queda pasar al siguiente tema y ver qué nuevo juego propone Bradbury.   

Referencias Bibliográficas:
1.      Adams, Paul C. “Television as Gathering Place”.  Annals of the Association of American
Geographers, Vol. 82, No. 1 (Mar., 1992), p.117-135 Taylor & Francis, Ltd. PDF. 28 de noviembre de 2011.
2.      Benjamin, Walter. Libro de los Pasajes. Madrid: Ediciones Akal. 2005. PDF. 10 de
diciembre de 2011.

3.      Bloom, Harold. Ray Bradbury. New York: Chealsea House, 2011. PDF. 10 de diciembre
de 2011.
4.      Bradbury Ray. “The Pedestrian”. The Golden Apples of the Sun. New York: Harper
Collins Publishers 2011. p.814-819.  Libro. 10 de diciembre de 2011.
5.      Bradbury, Ray. The Ray Bradbury Theater. Writers: Ray Bradbury & John Philip
Dayton. Director: various directors. Alliance Atlantis & Miracle Pictures Production, 2004. DVD.
6.      Foucault, Michael. Vigilar y Castigar. Argentina: Siglo XXI Editores, 1976.1era
reimpresión argentina, 2002. PDF. 10 de diciembre de 2011.
7.      Monteleone, Jorge. “Baldomiro Fernández Moreno, Poeta Caminante”  Cuadernos
Hispanoamericanos. Vol. 429. (marzo 1986) p.79-82.  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. PDF. 10 de diciembre de 2011.


sábado, 25 de febrero de 2012

El Encantado Bosque de Arena -Cuento-


El bosque estaba oscuro. La cantidad de árboles hacía imposible el paso de la luz del sol. De vez en cuando se veía una luz cruzar a toda prisa de un lado a otro, pero jamás sin salir del bosque. Cuando el viento no soplaba se escuchaban los árboles crujir, como si pudieran moverse por sí solos. Un niño caminaba por el borde del bosque, siempre mirando hacia dentro y pensando -¿Qué animales habrá ahí dentro? ¿Qué maravillas se esconden tras esos gigantescos árboles?- Cada día se hacia las mismas preguntas, pero no se atrevía a adentrarse, pues la leyenda del pueblo contaba que aquellos que entraban al bosque nunca regresaban. Se decía que en el centro del bosque había un antiguo círculo de piedra que perteneció a los celtas, de ahí se origina un poder que va más allá de lo imaginable, un poder que haría inmortal a quien lo poseyera.



Muchos años después, el niño ya no era niño, se había vuelto un hombre que había dedicado su vida a estudiar los mitos y leyendas del mundo, pero ninguno se comparaba con el del viejo bosque de su pueblo. En ningún libro del mundo se había escrito esa leyenda, y nadie fuera de su pueblo la conocía. Un otoño decidió volver a su pueblo, donde su mente recordaba su niñez y los viejos juegos con sus compañeros de clase y vecinos.



Los primeros días fue y visitó a todos sus parientes y viejos amigos. Luego fingió que se marcharía del pueblo de vuelta a América donde vivía. Empacó sus cosas y se marchó a pie como lo hacía cuando era pequeño para ir a la escuela, pero esta vez la escuela no era su propósito ni su meta; su meta era la inmortalidad o desenmascarar la mentira.



El bosque estaba igual que como lo recordaba: oscuro, siniestro, esperando que alguien descubriera su secreto más negro. Se adentró con cautela al bosque, observando unas luces fugaces que no parecían venir de un lugar definido, sino que aparecían de la nada. Había transcurrido una hora desde que había entrado al bosque, pero le parecieron diez, pues cada vez todo se tornaba más oscuro. Sacó una linterna de entre sus pertenecía y observó  a su alrededor. Vio movimiento cerca de unos arbustos, se acercó con cautela a ver que se ocultaba. Muy grande fue su sorpresa al ver correr a una velocidad impresionante a una criatura mitad humano y mitad chivo, un fauno. El fauno se per dió en la oscuridad dejándolo boquiabierto y con la linterna iluminando un montículo de grama recién cortada.





Buscó en su mente una contestación lógica, que lo que había visto no era un fauno, sino un chivo perdido, pero sus brazos y su torso tan parecido al de un humano no le dejó otra opción que aceptar que el bosque estaba encantado. Continuó por el camino que vio huir al fauno, no estaba seguro de que lo encontraría, pero al menos tendría un rumbo que seguir. Escuchaba a los árboles crujir a su alrededor. Continuó poco a poco, ya había perdido el sentido de la orientación y del tiempo, su reloj por alguna razón se había detenido a las 15:45.



Al fondo del camino invisible que seguía vio un claro, al parecer era un lugar en el que podía penetrar la luz del sol. Corrió con las pocas fuerzas que le quedaban hasta sentir en su rostro la luz. Al estar varios minutos expuesto se acostumbró nuevamente a la luz y puedo ver que el claro no estaba vacío. Había un círculo de piedras celta. Era hermoso, un circulo que representaba la historia de cientos de generaciones pasadas y creencias en los dioses de la naturaleza. Pero lo más curioso de todo fueron un par de cuernos que se asomaron de entre uno de los pilares. Luego otro par y otro, de todos los pilares se asomaron cabezas y cuerpos enteros que demostraron que lo que había visto huir en el bosque era real. Los faunos se acercaron cuidadosamente al hombre, mientras él los observaba petrificado.



De entre la multitud de faunos se acercó uno de mayor tamaño, hizo una reverencia al hombre, y este le respondió de la misma manera para no ser descortés. El fauno le dijo –Bienvenido a las tierras de Motus, anciano de mirada incrédula.



-¿Por qué me dice anciano? Si apenas tengo veintisiete años- le preguntó ofendido al fauno.



 -Pues es muy sencillo, tú has cruzado el bosque de Crono, señor del tiempo de los hombres, y é te ha robado tus años de juventud mientras transitabas por él. Has gastado toda tu vida caminando hacia algo que no tiene comprensión, algo que se debería mantener como una mentira, y has pagado el precio por conocer la verdad.- El fauno lo miró a los ojos y el hombre hizo lo mismo.



En ese instante el hombre se dejó caer en el suelo y comenzó a llorar por haber gastado su vida en una búsqueda sin sentido. – ¿No hay alguna manera de volver a mi pueblo?- Preguntó el hombre sollozando.



-Sí, existe una salida. ¿Vez la arena en el circulo de piedra?- le preguntó el fauno.



-Si- le respondió el hombre.



-Pues debes pararte en el centro y dejarte hundir en la arena. Una vez en el fondo deberás pasar tres pruebas, si lo logras regresar a casa, si fallas vivirás por siempre aquí, junto a todos los que no lo han logrado-. Entonces el fauno señaló a un grupo de damas que apareció de la nada, estas no eran damas humanas, eran ninfas del bosque. Las ninfas rodeaban a un grupo de luces que aparecían y desaparecían. Los faunos se movieron dejando el paso libre hacia el círculo.



 –Ve, pasa las tres pruebas y regresa a casa. le dijo el fauno.



 El hombre caminó hacia el círculo y se posó en el centro. En el instante en que dejó de moverse comenzó a hundirse lentamente en la arena. Cerró los ojos, dejándose arrastrar al fondo de un laberinto; su laberinto.



Al no sentirse abrazado por arena abrió los ojos y quedo atónito. Todo lo que lo rodeaba era arena, un bosque de arena, un círculo de arena. Todo era una réplica exacta de las tierras de Motus. Caminó y observó con cuidado todas las piedras y árboles tan perfectos. Entre los árboles vio un camino y sin pensarlo lo tomó. Su paso no era muy rápido al principio, pero mientras más avanzaba más rápido iba. Su deseo por descubrir el tan ansiado poder que lo haría inmortal se había terminado, lo único que deseaba era poder vivir lo que le quedaba de vida en paz. Caminó en curvas, redondeles y en todas las maneras imaginables hasta que se encontró con lo que parecía una enorme duna. En la duna había una puerta, entonces dijo –creo que ya he cumplido la primera prueba.



-No esté tan seguro de eso- dijo una voz que vino de la puerta, entonces la puerta se abrió y entró una criatura con rostro de mujer, cuerpo de león y las alas de un ave.



-¡Una esfinge! ¿Me has venido a retar con una adivinanza?- Preguntó el hombre a la esfinge.



-Al parecer conoces bastante bien mi historia, pero ¿serás lo suficientemente ágil y audaz para contestar la adivinanza con la respuesta correcta? Porque imagino que sabes que si no lo logras tendré que comerte.- La esfinge le sonrió mostrándole sus afilados dientes.



-Eso espero. Ahora, dime tu adivinanza.- El hombre cruzó los brazos en espera de la adivinanza.



-Muy bien. ¿Qué existe en el mundo que no le alcance la vida al hombre para contar?- La esfinge esperó la respuesta.



El hombre miro todo a su alrededor, la duna, los árboles, el suelo, entonces comprendió el acertijo –la respuesta a tu acertijo es la arena, pues el hombre no vive tanto como para contar cada grano que existe en el mundo.



-Muy bien, excelente respuesta. La vida del hombre no es tan larga como para desperdiciarla en algo tan tonto como eso. Puedes cruzar la puerta.- Entonces la esfinge tomó vuelo y se perdió de la vista del hombre.



El hombre cruzó la puerta y se encontró en un lugar tormentoso donde todo era arena, pero no como el bosque. Este lugar más bien parecía un desierto en donde se sentían los hirientes rayos del sol penetrar la piel como las flechas del dios Apolo. Caminó todo el tiempo en línea recta sin mirar atrás ni a los lados por miedo a ver un espejismo y perder la razón. La noche cayó sin avisar, pero el hombre continuaba incansablemente. Al final del camino vio lo que parecía la figura de una persona y dijo gritando -¿Eres tú la segunda prueba?



Entonces la figura se dio la vuelta hacia él y reveló el hermoso rostro de una mujer, pero entonces el manto que la cubría cayó al suelo y reveló su verdadera identidad. Su cuerpo parecía el de un ave con garras afiladas y su rostro era el de una bella mujer, esta criatura era una arpía. La arpía se acercó volando hacia el hombre y le dijo –yo soy la oscura, la sombra de los hombres como tú, esperanzados, con deseos de vivir. Nada en el mundo es felicidad, nada en el mundo es lo que parece. Tú estás tan solo como yo. El mundo no te perdona, no existe elemento o materia en el mundo que te perdone. Absolutamente nada que se escriba puede ser borrado.



El hombre no se había detenido en ningún momento y la arpía lo rodeaba como un buitre. El hombre escuchó cada palabra con dolor en su corazón, pero no fue hasta el último momento en que comprendió lo que la arpía le estaba haciendo y le dijo –Todo lo que dices es mentira, pues existe algo que es capaz de olvidar lo que le diga, y sí le escribo un pecado lo borra.



-¿Enserio? Y, ¿cuál es?- Le preguntó la arpía de manera burlona.



-La arena- Le respondió el hombre. En ese momento se arrodilló y escribió en la arena –Perdón por ser tan necio-. A los pocos segundos de escribirlo el viento borró su pecado de la arena. 



La arpía suspiró y le dijo –muy bien. La gente ya no confía en la palabra de su prójimo, por eso se dedican a hacer tratos escritos para poder atar a los demás a lo que exigen. Lo mismo hace con sus pecados, los escriben con un cincel en el material más duro para no olvidar. Tú has comprendido que nada es eterno, ni siquiera las promesas escritas, y con el tiempo todo se borra en la arena. Puedes proseguir a la última prueba.- Entonces la arpía voló muy alto y se perdió entre las nubes de la noche.



De la nada apareció una puerta sobre la arena, el hombre se acercó, la abrió y entró.



Al otro lado de la puerta se encontró dentro de una cueva hecha de arena. La cueva estaba iluminada por lo que parecían ser estalactitas y estalagmitas de cristal azul. El hombre caminó por la cueva a pasos lentos. La caminata del desierto lo había dejado exhausto y sediento. ¿Qué hora era? No lo sabía. Solo continuó su larga caminata hasta encontrarse en lo que parecía ser una cámara enorme. No solo era una cámara sino el final de la cueva y en el centro se encontraba lo que parecía un lago de aguas cristalinas. El hombre corrió hacia el agua con desesperación, entonces vio salir del agua a una mujer.



La mujer no se movía, entonces el hombre se acercó y le dijo- ¿Tú eres la última prueba?



Ella asintió con la cabeza y le dijo –acompáñame-, y se encaminó hacia el agua.



El hombre comenzó a seguirla pero se detuvo en el borde del lago y miró al techo de la cueva. Se llevó una gran sorpresa al ver que por techo había un cielo estrellado. Bajó la mirada y observó a la mujer que lo esperaba en el agua.



La mujer le sonreía y le repitió –acompáñame. Vamos a ver las estrellas.



El hombre arqueó una ceja y le preguntó -¿Por qué hay que sumergirnos a ver las estrellas si desde aquí se pueden apreciar?



La mujer le dijo –es que su belleza bajo el agua se aprecia de otra manera. Además, estas aguas son las que tú tanto anhelabas. Estas aguas son tu fuente a la inmortalidad.



El hombre no comprendió nada. Si esta era la última prueba, ¿cómo le podían dar todo lo que quería? Era extraño, entonces se puso a pensar las cosas, y comprendió que era todo eso y le dijo a la mujer –Ya no caeré en tu trampa. Durante muchos años escuche leyendas sobre ti, pero en ninguna decía que un kelpie podía tomar la forma de una mujer.-



-Eres muy astuto, me has descubierto-. Entonces la mujer le sonrió y se convirtió en un caballo.



El hombre le dijo -Se que tu naturaleza es la de engañar a los humanos y atraerlos al agua para ahogarlos, pero hoy no te daré ese gusto.



-Muy bien. Has pasado la prueba. Al igual que la arena, las estrellas no se pueden contar, pues el firmamento está lleno de ellas pero más allá, mucho más allá existen demasiadas. Has podido contra la tentación de la inmortalidad que fue una de las razones por las que entraste al bosque de Crono y llegaste hasta el encantado bosque de la arena. Aquí la arena te devolverá al mundo pero no todo será igual. El mundo siempre está dentro del bosque de Crono, eso es algo que nadie puede evitar. Así que cruza la puerta, pero ten cuidado, nunca se sabe cuando nos volvamos a encontrar.



-Lo haré, tenlo por seguro-. El hombre caminó hacia la puerta que había aparecido al borde del lago, luego se dio la vuelta y observó por última vez la cueva de arena y el cielo estrellado. Tomó la perilla, la giró, abrió la puerta y entró dejándose llevar al borde de la inconsciencia.



Cuando abrió los ojos se encontró en una casa, no se parecía en nada a la suya. Una mujer estaba sentada junto a él. Esta mujer lo llamaba hijo, pero ella no era su madre. Ya no tenía ni barba ni bigote, ni su cabello era canoso, ni su cuerpo era el de un hombre adulto. Por alguna extraña razón había vuelto a ser un niño. Al salir de la casa y ver el mundo que lo rodeaba se dio cuenta que lo que le había dicho el kelpie era cierto, todo era diferente. Habían transcurrido cuarenta años desde que había entrado al bosque como un joven adulto. No comprendía nada de lo sucedido. Le explicaba a la gente, a la mujer que decía ser su madre y al hombre que decía ser su padre, pero ninguno le creyó y pensaron que deliraba. Muchos años vivió, pensando que la gente tenía razón, que todo había sido un sueño mientras estuvo en coma.



Transcurrieron treinta años y el niño se convirtió nuevamente en un hombre. Decidió que visitaría ese pueblo y ese bosque con el que había soñado. Al caer la noche ya había llegado al pueblo, buscó el bosque pero no lo encontró. Nadie conocía el bosque. La gente con la que había soñado que era su familia si existía, pero sus padres habían muerto hace mucho, y en la casa vivían sus hermanos ya ancianos. Los visitó y les dijo quien era, pero no le creyeron, tuvieron que admitir el parecido, pero al final lo echaron de la casa diciéndole –Tú no puedes ser nuestro hermano pues él es mucho más viejo que nosotros-. Y le cerraron la puerta en la cara.



El hombre caminó nuevamente a donde se suponía que estaba el bosque, pero en el lugar solo había una playa. Entonces al borde del mar vio a alguien de pie y le reconoció de inmediato; era el kelpie. Se acercó con cuidado al kelpie, pero este ya lo había visto y le dijo –te dije que todo sería distinto una vez cruzaras la puerta.



-Pero, ¿por qué tuvo que ser así?- le preguntó el hombre.



Una voz distinta a la del kelpie respondió –porque así tú lo decidiste.- Era el fauno que le había hablado en el circulo celta, se encontraba de pie junto a él.



-Yo no pedí que mi vida cambiara, yo no pedí volver a ser joven- Dijo el hombre.



-Pero eso no era lo que tu corazón decía- le dijo el kelpie.



-No comprendo- dijo el hombre observando la arena.



-La vida del hombre es corta, la niñez y la juventud se van volando al sur. Aquel que desea aunque sea por un segundo ser inmortal, y por alguna razón lo consigue, aborrecerá vivir en la tierra- le dijo el fauno.



-Entonces, desearía no haber pensado nunca en vivir para siempre.- Dijo el hombre.



El kelpie y el fauno se miraron y le dijeron al mismo tiempo –que así sea, Teseo.



Teseo se desmayó, y se levantó de su cama en su vieja casa con sus verdaderos padres y hermanos. Corrió donde su madre y le preguntó -¿quién soy? y ¿qué edad tengo?



Su madre le contestó, –nuestro hijo, Teseo. Tienes veintiséis años. ¿No recuerdas nada?



Entonces Teseo se sentó en su cama y dijo –sólo fue un sueño.



Alguien junto a su padre dijo –denle unos días de reposo y estará mejor.



Teseo lo observó pero no vio su rostro, solo vio un par de patas de chivo saliendo por la puerta de su habitación, y se dijo en voz baja –No todo en el mundo es un mito, el mito es el mundo en sí.

 Y se recostó nuevamente dejándose llevar por Morfeo al país de los sueños.